sábado, diciembre 11, 2010

LA CAMISETA DEL CHILA

Hace unos años, por razones de salud, tuve que estar encerrado en mi habitación por tres semanas. No podía tener contacto directo con personas, ya que se me aplicó un tratamiento de radiación que podía resultar peligroso para quienes estuvieran en mi entorno. La idea de estar aislado por tantos días, sin poder salir ni siquiera a comprar el diario, generó en mí un estado de pánico. El forzado proceso de quietud que se venía, me asustaba fundamentalmente por mi condición de hiperactivo.

Apareció en mí un fuerte impulso por conseguir objetos y cosas materiales, que me ayudaran a pasar las horas rápido y me alejaran del aburrimiento. Aunque no fuera extraño que yo pasara en mi pieza durante largos pasajes del día, a veces no haciendo otra cosa más que flojear, el hecho de entrar allí y entender que tendría que pasar casi un mes, antes de volver a mis actividades normales, era una cuestión que me preocupaba y me desesperaba de sobremanera.

Comencé algunos días antes de iniciar el tratamiento, a recolectar distintas cosas que, pensaba, me mantendrían distraído durante este tiempo. Había descubierto por ese entonces, un antiguo local en el centro, al interior de la calle San Diego, en donde compré muchas revistas y folletos antiguos de variadas temáticas. Principalmente números de reportajes, biografías musicales y humor. Como no eran caros fui holgado y llené mi mochila con ediciones de Topaze, Condorito, Semanario de lo insólito, Cancioneros Musicales y Reader's Digest. Me conseguí también con un viejo amigo del colegio, César Zavaleta, algunas cintas en vhs con recitales de bandas chilenas, a las que conocía sólo por una canción, pero que César me insistía en que tenía que darme el tiempo de escuchar los discos completos. Me pasó, del mismo modo, diversas películas grabadas del cable. Venían tres por casette, todas con subtítulos en español -según él para no matar el cine- y, por supuesto, algo que yo le había pedido especialmente, una serie de discos de grupos y cantantes famosos pero en formatos acústicos. Ya en esa época tenía como fetiche los álbumes unplugged de MTV, que se habían puesto tan de moda en Chile en los noventa.

El tratamiento empezó un martes de mayo, no recuerdo bien la fecha. La noche anterior había dormido muy poco, por lo que esa primera jornada de encierro pasó prácticamente desapercibida. Con el paso de los días, entre llamados telefónicos que preguntaban por mi estado, varias horas más de sueño acumulado y el no poder desprenderme de la televisión, me di cuenta que todo el arsenal de elementos distractores que había juntado, serían imposibles de diseccionar en tan poco tiempo. Había calculado mal. Por más que quisiera, el estar encerrado en una pieza, no se podía estructurar con una pauta de cosas que leer, oír o ver. Tres semanas era mucho menos de lo que yo pensaba. No pude ver todas las películas que me había propuesto ver, ni tampoco escuchar los discos que me había fijado como meta en un principio. A veces empezaba a ver algo, pero me aburría a los 15 minutos y me daba por prender la televisión. Lo mismo sucedía cuando quería leer. Al cabo de un par de hojas, nuevamente la televisión se hacía presente. Y pese a que sabía que esta alternativa era la peor de todas las que aparecían ante mí, para escoger encerrado en mi habitación, la tomaba por largos minutos del día. Evidentemente, después de ver televisión, no quería ya seguir viendo nada. Necesitaba cambiar de soporte de forma casi natural. Me contradecía y volvía a la música por algún instante, pero no. No había caso. Un poco confuso, tuve que reconocer que los discos escogidos no habían sido la elección acertada para aquellos días. Aquí fue entonces cuando rechazando de algún modo, los elementos conseguidos para este proceso, me lancé a hurguetear en rincones y espacios de mi propia pieza, movido más por el ocio que por la convicción. En esta búsqueda, me encontré con un tesoro del pasado, visto mil veces, pero siempre lleno de interés para mí. Encontré una caja de zapatillas, en cuyo interior estaban apiladas con un cordón blanco, muchas de las revistas futboleras que coleccionaba cuando era niño. No eran muchas, pero cada una representaba atracciones que tuve en el pasado por ellas. Abundaban las Don Balón, las Triunfo, las Deporte Total, incluso había un par de números de El Gráfico de Argentina. Unas cuantas Barrabases aparecían de repente, aunque recordaba que éstas estaban guardadas en algún otro punto de mi casa. Pasé dos días completos, sumergido en la lectura de estas revistas que me hicieron pasar tan buenos momentos. Algunas estaban recortadas en las páginas finales, en las partes en que aparecían cupones de diversos concursos. Cómo olvidar cuando participaba en cada uno de ellos. Los premios eran pequeños. Balones de fútbol, camisetas autografiadas, bolsos deportivos, raquetas de tenis, entre otros. El encanto de tener alguno de esos regalos, era supremo. Nunca gané nada, aunque la ilusión siempre estuvo intacta. Leí entrevistas por montones, de las que me suelo acordar de vez en cuando, en situaciones varias de la vida cotidiana. Repasé una y otra vez la gran sección de Don Balón, “75 preguntas a”, que tanto me gustaba y que era comentario obligado con mis amigos del colegio. Este ítem era, sin duda, uno de los motivos principales de la inversión que hacía en esa época por esta publicación. Años después, creí firmemente que la revista fue visionaria en cuanto a darle tribuna a jugadores secundarios, no tan famosos ni exitosos, para contestar preguntas ínfimas del día a día, para filosofar sobre cuestiones en apariencia no importantes, para recuperar el valor de la anécdota contada de manera fresca, honesta y pícara, en una época en que la anécdota no tenía la mala fama que tiene hoy.

En ese ritual que significaba el trajín de desempolvar y adentrarme en estos títulos del pasado, me encontré con algo que me conmovió con un claro dejo de nostalgia. Apareció de pronto en mi cabeza ese recuerdo no concretado, por el que di dura lucha. Una edición de El Gráfico argentina, estaba repetida. Al principio, al ver sólo las portadas, no entendí el por qué. Luego de ojear la primera, me estremecí. La revista en cuestión, traía como concurso en sus páginas finales, el sorteo de una de las camisetas de fútbol que más anhele tener en mi adolescencia. Se trataba da la utilizada por el arquero paraguayo José Luis Chilavert, el Chila, en el mejor momento de su carrera. En el tiempo en que era capitán del club argentino Vélez Sarfield. Esa camiseta en particular era sumamente hermosa. Era única. Por lo menos yo, nunca había visto en el fútbol, una prenda que fuera identitaria y carismática en relación a quien la ocupaba. Era negra, marca Lotto y tenía una tipografía en cursiva de color naranjo, que hacía destacar la marca de cerveza Quilmes, la cual atravesaba el número 1 de la espalda. Pero su atractivo mayor, era el gran perro animado que tenía estampado por delante. Un perro de rostro furioso, pero también astuto. Nunca supe de qué tira de dibujos animados provenía. Seguramente lo había visto en alguna parte y por eso me resultaba tan familiar. Sin embargo, jamás pude disociarlo de esta camiseta.

Chilavart era el capitán de Vélez Sarfield y también de la Selección Paraguaya de Fútbol. Era un tipo alto y fornido, de rasgos severos y cara de pocos amigos. Pese a su contextura, era un arquero muy elástico, de esos que se lanzan atrevidamente para atajar balones esquinados. Su fama mediática, sin embargo, provenía de que no sólo atajaba los goles, sino que también los hacía. Era un experto lanzador de tiros libres y penales. Antes de Chilavert no eran muchos los arqueros que lanzaban penales, menos tiros libres. Después de Chilavert, era una moda. Al menos eso creía yo, por lo que veía en los noticieros y en las tandas deportivas. Encontrar ese montón de revistas, despertó en mí un montón de cuestionamientos sobre el por qué ya no me interesaba el fútbol, con la algarabía de aquellos años. Aparté la revista y la dejé sobre mi velador. Estuvo ahí desde ese día, hasta que terminó el tratamiento.

Algo empezó a dar vueltas en mi cabeza en la etapa final del encierro. Si había una cosa que la adultez le podía dar a los recuerdos de adolescencia, era la posibilidad de concretarlos. Me propuse con firmeza conseguir esa camiseta, hoy, diez años después de haberla ansiado profundamente. Por razones de seguridad el tratamiento se alargó dos días más de lo presupuestado. La espera fue larga y tediosa. Era muy poco lo que faltaba. Pero el tiempo transcurría lento y la desesperación comenzaba a agobiarme.

El día 1 después de salir del encierro hice dos cosas. Fui a control médico, para que me midieran el porcentaje de radiación que tenía aún en mi cuerpo. Después fui a una tienda de camisetas de fútbol que había en Providencia. Eran caras. Muy caras. Las diseñaban personalizadamente y las hacían a la medida de quien la pidiera. Fue una inversión irresponsable para una época de economía complicada. El vendedor recordaba la camiseta con lujo de detalles. Como lo suponía, él era un futbolero empedernido. Era la razón de ser de su tienda. Me dijo que hubo un tiempo en que fue muy vendida. Se la pedían mucho de Asunción y Buenos Aires. Incluso más que de acá de Santiago. Él también la había querido tener durante muchos años, pero siempre se arrepentía. Tenía una extraña teoría asociada a su miedo a los perros. Decía que estos se tiraban a morder a las personas que tenían vestimentas con perros estampados en sus partes frontales.

Yo usé la mía por varios años. Dormía, salía y hasta andaba largas horas en bicicleta con ella. Como era de buena calidad, nunca se estropeó, aunque tenía algunas hilachas feas, que yo cortaba detalladamente.

Tiempo después dejé de usarla. Fue la época en que comenzaron a aparecer en las noticias, casos de personas mordidas por perros bravos. Nunca les había tenido miedo, hasta ese momento. Preferí evitar la comprobación de la teoría de aquel vendedor de la tienda deportiva y dar reposo indefinido a la camiseta del Chila.

4 comentarios:

MagosChile dijo...

que bueno ver activo el blog...
hehehe
el chila...
aun recuerdo cuando el superman le tapo el penal en las clasificatorias!!!

CCastillo dijo...

Saludos. me ha parecido extraordinario tu relato , creo que por que tiene mucho que ver conmigo. no soy fan de futbol sino todo lo contrario no me gusta,lo que tiene que ver conmigo es que siempre he deseado un encierro que me permita disfrutar todo lo que he acumulado por anos(libros, revistas, musica videjugos, videos , series,etc), y quien sabe con que afan los he ido acumulando.me imagino quea de haber una apelativo para ese tipo de personas que acumulan como una especie de melomanos pero no solo de musica , no crees?. es la primera entrada que leo de tu blog y de verdad me gusto... chido

roxana dijo...

ya pues care choro !!!
qué pasa con los cuentos ?

El Anti Blog dijo...

Si quieres visitar un blog diferente te invito al mío...El Anti Blog
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